Humanismo digital

Por una evolución digital centrada en el humanismo

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La teoría de la evolución de Darwin sostiene que no sobrevive el más fuerte o el más inteligente, sino el que mejor se adapta. También dice que la especie nueva sustituye a la antigua.

Evolutivamente hablando, nosotros somos homo sapiens sapiens, pero desde mi punto de vista, habría que introducir algún matiz nuevo para definir con más precisión la evolución de nuestra especie hasta nuestros días. La mayor parte de los que estamos aquí nacimos siendo homo sapiens analogicus, pero los que nacen ahora son homo sapiens digitalis. La buena noticia es que, por primera vez en la evolución, existe la posibilidad de dejar una categoría y reconvertirse en otra, es decir, que en nuestras manos está evolucionar de lo analógico a lo digital. De nosotros depende incorporarnos o no a la nueva especie que va a sustituir a la antigua.

LA VELOCIDAD DE ADAPTACIÓN

Este cambio evolutivo ha sido causado por la tecnología, una tecnología que ha invadido nuestro día a día y que supone un reto nunca antes vivido por nuestra naturaleza humana. Sabemos que el cambio que nos espera es mayor que el que ya hemos vivido y que se va a producir a una velocidad endiablada. Nuestra naturaleza no está preparada para cambios exponenciales —el ser humano se pone, por defecto, en tensión ante los cambios— y eso hace que cuando nos enfrentamos a un reto nos movamos entre la pasión por lo que va a venir y el miedo a lo que nos espera. Una sensación contradictoria que solo tiene una salida: adaptarnos lo más rápido que podamos.El factor tiempo es mucho más corto en el mundo digital que en el analógico.

Esta nueva dimensión temporal nos somete a un estado de adaptación permanente en el que no hay tiempos muertos que nos permitan replantear el proceso. Hay constantes disrupciones digitales que suceden mientras aún no hemos asimilado las precedentes y ese es el ritmo al que nos toca vivir. Es un proceso de aceleración permanente que hace que nos olvidemos de hablar sobre los principios en los que debe asentarse este periodo de la evolución humana. Pero si no dedicamos tiempo a hacernos preguntas sobre lo que nos está aconteciendo, corremos el riesgo de que lo humano quede sepultado ante la avalancha de lo digital. No podemos perder de vista que la tecnología debe ser un medio para mejorar la vida de las personas. Y para que sea así, tenemos que preguntarnos sobre nuestra verdadera identidad y crear los cimientos morales sobre los que vamos a construir nuestra nueva sociedad.

LAS EMOCIONES Y LAS MÁQUINAS

Es tal la magnitud de los cambios que nos esperan que no habrá aspecto de la sociedad que no se vea afectado: el trabajo, las relaciones personales y la organización social. De nosotros depende que no desemboquemos en un mundo como el que imaginaba la distopía destructiva y deshumanizadora de George Orwell en 1984. Solo hay una solución para que eso no ocurra: progreso y humanismo deben ir de la mano.

Es evidente que la digitalización, la automatización, la robótica y la inteligencia artificial van a impactar en el mercado de trabajo, en la cantidad y en la naturaleza del mismo. Está a la vista que también influye en la interacción entre la personas, en un mundo en el que el contacto humano se va reduciendo. Pero siendo cierto todo esto, también lo es que la tecnología está al alcance de la mayoría y que dependerá de nosotros saber aprovecharla adecuadamente. Porque la máquina no va a sustituir la creatividad, la inteligencia emocional, el sentido común, la empatía o la pasión.

Llevamos siglos definiéndonos como seres racionales pero, muy probablemente, lo que va a definir nuestra condición humana en el entorno digital, lo que nos va a hacer distintos de nuestras propias creaciones, va a ser la emocionalidad. La libertad la podemos defender racionalmente, pero su presencia o su ausencia la vivimos emocionalmente. Siempre hemos luchado por la libertad desde las emociones. La privacidad la asumimos como un derecho en el plano teórico, pero su vulneración impacta en nuestros sentimientos, de nuevo en nuestra emoción. Y así sucede con muchos de nuestros derechos y conquistas conseguidos a través de la historia. Lo que no nos emociona no nos mueve, lo que no nos apasiona no nos lleva a la acción.

Por todo ello, la persona tiene que estar en el centro de todo. Se trata de abrazar la tecnología para avanzar en lo ya conseguido, para hacernos mejores y más libres. Y por esa razón, porque la privacidad o la libertad pueden sufrir retrocesos si no sabemos orientar adecuadamente el avance digital, se hace necesario el debate social sobre estos temas. La necesidad de un código ético es más evidente que nunca.

LAS CUATRO ESFERAS DEL HUMANISMO DIGITAL

Ese código de valores debe estar en la base de lo que llamamos el humanismo digital, un modelo que tiene en su núcleo a la persona con su dimensión humana, con su tendencia a ayudar a quien tiene a su lado. En ese contexto, la tecnología tiene que ser un aliado poderoso para hacer un mundo mejor.

A partir de la persona, podemos analizar el impacto de la digitalización en un modelo de círculos concéntricos.

Un primer círculo tiene que ver con un a dimensión del individuo: la personal y profesional. En ese campo, la digitalización está ejerciendo una enorme influencia, en términos de competitividad y eficiencia. Habrá profesiones que desaparezcan, otras que disminuirán o se transformarán y otras que nazcan. Es muy probable que lo que acabe potenciándose sea lo más humano, lo más creativo. Hay que saber en qué se es fuerte y aprovecharlo en el marco digital. Pero este es un proceso que exigirá una gran capacidad de aprendizaje. Y hay quienes se están quedando atrás en los procesos de modernización de sus empresas o sectores de actividad.

Eso nos conduce al siguiente círculo: el empresarial, en el que la digitalización está cambiando los modelos de negocio tradicionales, lo que afecta a todas las áreas de la empresa. Las organizaciones digitales empiezan a valorar la capacidad de multitarea, el networking, las habilidades sociales, la capacidad de negociación, la inteligencia colectiva, el conocimiento distribuido, el aprendizaje continuo, la gestión del tiempo… todo ello para relacionarse con unos clientes que han cambiado la forma en la que toman sus decisiones y que han asumido una mayor posición de poder frente al productor.

Este nuevo entorno digital tiene consecuencias evidentes en el mundo de la educación, que, en un contexto en el que los conocimientos caducan enseguida, deberá centrarse más en potenciar las habilidades humanas y las competencias de tipo aptitudinal (improvisación, liderazgo, creatividad, inteligencia emocional o capacidad de adaptación).

Esta necesidad de cambios en la educación nos deriva al siguiente círculo, el político, en el que este tipo de inquietudes con demasiada frecuencia no aparecen en el debate, dominado por la visión a corto plazo. Pero la educación no es el único tema que debe plantearse en el círculo político. La digitalización tendrá efectos en la fiscalidad, los gobiernos deberán luchar contra la brecha digital de algunos segmentos de la población, se enfrentarán al desarrollo de ciudades inteligentes, vivirán unos procesos de descentralización y desintermediación que afectarán a determinadas políticas… es decir, necesitaremos gobiernos adaptados al mundo digital.

Pero, sobre todo, es en este plano en el que deben establecerse valores y códigos que ayuden a establecer los límites de una tecnología que ofrecerá posibilidades infinitas pero que tiene consecuencias en nuestra dimensión moral y nuestra organización social, política y democrática. Vamos hacia un mundo en el que habrá máquinas que tomen decisiones autónomas, decisiones que comportan una dimensión moral sobre la que hay que trabajar. Un código ético para robots (algo que ya planteaba Isaac Asimov en Yo, robot) es algo que terminará siendo necesario y real.Y este planteamiento nos lleva de nuevo al núcleo en torno al que pivotan todos estos círculos: la persona. La persona y la educación, la persona y la privacidad, la persona y la libertad, la persona y la seguridad. La digitalización surge en las personas, en sus creadores, en sus impulsores, en quienes hemos hecho nuestros esos avances y no podemos permitir que puedan convertirse en un riesgo. La tecnología mal gestionada puede comprometer lo que hoy son derechos irrenunciables, pero bien usada ampliará nuestros márgenes de libertad. La clave para virar de un escenario al otro: el humanismo digital.

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Luis Pardo Céspedes

Consejero Delegado - EVP Sage Iberia. Mi pasión es hacer crecer negocios, PYMES y personas a través de digitalización, innovación y liderazgo. Mi último libro trata sobre #humanismodigital.

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